Jean-Claude Damamme es un escritor francés de cierto predicamento entre los fanáticos de la cosa "napoleónica". Ya se sabe que allende los Pirineos no se reniega de la propia historia: se asume y se estudia. También hay desviaciones patológicas que hacen de la figura del Ogro de Córcega, que decían los fieles al obeso ridículo Luis XVIII, poco menos que un habitante del Olimpo. Lo curioso es que el sujeto no es historiador, ni falta que le hace. Sienta doctrina y vende muchos libros. Sus lectores reafirman sus ideas sobre su mito y todos contentos (sobre todo el peculio del autorcillo). He leido
"Les soldats de la Grande Armée", de Perrin, en su edición de bolsillo de la colección Tempus. Se deja leer, pues la escritura es ágil y salpicada de anécdotas sobre la vida cotidiana de los ejércitos de Bonaparte desde los campamentos de Boulogne, en 1805, antes de abandonar la idea del desembarco en Inglaterra y volverse contra Austria. Las fuentes son esencialemente las contemporáneas, a saber, la profusión de memorias de los soldados-escritores de las filas napoleónicas:
"Souvenirs d'un officier de la Grande Armée", de Jean-Baptiste Barrés,
"Souvenirs d'un vélite de la Garde sous Napoleon Ier", de François-Fréderic Billon, "
Avant-postes de cavalerie légère", de Fortune de Brack,
"Mémoires", del general Hugo,
"De Valmy a Wagram", del general Lejeune o
"Récits de guerre et de foyer" del mariscal Oudinot, por citar algunas. Las fuentes secundarias nunca más allá de publicaciones de la década de los 50. Nutridas, pero superadas, y desde luego, ninguna obra escrita más allá del hexágono. Desconoce las fuentes modernas y a los autores en otros idiomas. Acaso no son útiles para la exaltación acrítica que pretende, y a sus lectores no les interesen los matices, enredados en sus tópicos y apegados a su imaginario legendario. Como en el caso del capítulo dedicado a la guerra en España, que lleva el escasamente original título
"Espagne: de la sueur, du sang et des larmes". Es posible que Dammame crea que la guerra continúa y que escribe para
Le Moniteur parisino. Solamente es de agradecer que no sea condescendiente con los españoles, al modo de muchos franceses del XVIII y XIX. Es simplemente hostil. Todos los epítetos de la más burda leyenda negra se acumulan en las páginas 211 a 258, al margen de comentarios aquí y allá, siempre del mismo tono: fanáticos, traidores (¿¡ a Napoleón y a su hermano José !?), canallas.
Nuestro tendencioso autor dice que mientras que al atravesar la frontera de Alemania (no, no habla de este o aquel ducado, margraviado o reino, evidentemente para que sus lectores no se pierdan en sutilezas) o Italia (lo mismo), percibían cambios que les hacían sentirse extranjeros, pero no realmente intrusos,
"qu'il pénètre en Espagne, et il perçoit, dans l'instant, una sensation de méfiance et rejet. Il est vrai que dans ce pays, dément de une religiosité exacerbé, le soldat impérial, qui chemine précédé de sa réputation d'antéchrist irréligieux, jusqu'a la provocation, se présente moins en simple conquérant qu'en inquiétant boutefeu". Bravo, y sólo para comenzar. Sigue hablando de las impresiones que los aborígenes causan en la tropa,
"l'air sombre et sauvage des hommes, la saleté et la pauvreté des maisons", y sus villas,
"un autre qui s'arrête a Hernani: la ville lui apparâit sale et mal bâtie; quant à la malpropeté des habitants, elle est jugée revoltante: dans ce pays qui semble duex siécles en arrière du nôtre, on ne connaît aucunne des commodités de la vie". Y añade al poco, y sin citas ni referencias:
"Une étude sociologique sommaire effectué par nos observateurs militaires nous apprend que, si la classe moyenne a des moeurs assez exemplaires, le peuple, lui, est corrompu, prompt a s'emporter, danguereus, cruel, et capable de plus grandes excès. Les Espagnols sont connus por avoir toujours sur eux des grands couteaux avec lesquels ils assassinent leur monde très lestement". Ahí queda eso, y qué adelantada la Inteligencia napoleónica que ya hacía estudios sociológicos de los paises ocupados, cuando Comte tenía unos diez años. Por ventura aprendió su ciencia de algún veterano de la Grande Armée, y no en la
Escuela politécnica.
Y sigue, sobre los españoles:
"la bigoterie des Espagnols de deux sexes dépasse l'imagination", "la religion qui, en Espagne, fera fraterniser le couteau avec le goupillon se révélera un dangeraux excitant"; o sobre la hospitalidad (¡con el ocupante!)
"après un dîner detestable, aprè una nuit passée sur le sol, il en coûte fort cher". Y cuando habla del dos de mayo de 1808 desconoce, era de esperar, ninguna fuente española, salvo para referir
"A-t-on grossi délibérément le chiffre des victims pour attiser la haine contre les Françaises?", y toma como cierto el bando de Murat. Y los guerrilleros eran solamente bárbaros semicaníbales y los excesos de la tropa gabacha se debían a la tensión que impedía a sus excelsos mandos mantener la disciplina, como en Córdoba, y Dupont se rindió ignominiosamente engañado casi sin disparar un sólo tiro y Palafox fue un inútil porque rindió una ciudad que, pese a no estar fortificada
a la Vauban, nunca debía haber capitulado, aunque el sitiador fuera el admirado mariscal Lannes.
Una cita más del fabulista, con motivo de la salida de los franceses de España:
"Avec leur folklore barbare, ils se poursuivront jusqu'au retour du roi légitime. Et lorsqu'ils n'eurent plus de Français á se mettre sous le couteau, les Espagnols se massacrèrent les uns les autres..." y en esto último es en lo único que tiene razón, porque el regreso del primer Gran Felón (ahora disfrutamos a algunos otros de la misma catadura), fue una desgracia. Pero eso es sabido por todo el mundo. Y que aquella guerra fue una barbaridad y que las partidas y la gente llana que combatió al invasor se empleó con la fiereza que merecía la ocasión y que el odio por el francés se desató (basta con mirar con detenimiento los grabados de Goya). ¿Cómo podía ser de otra forma? Queden las disquisiciones sobre las buenas intenciones del mejor de los Bonaparte, el hacendado José, para otra ocasión, y lo mismo sobre la tierra de nadie en que pararon los pocos ilustrados que por aquí había.