
Combatió en Orán y en el Peñón de Vélez de la Gomera, en el socorro de Malta, en Córcega para nuestros aliados de la Génova de los fidelísimos Doria, y en Flandes, claro: Heilegerlee, Monk, Amberes. De los pantanos del norte a la plaza de armas de la Monarquía después del Edicto Perpétuo en 1577. Reposo italiano, pero pocos meses, que el imperial bastardo reclama los tercios desde Namur, donde habría de rendir el alma. Con el tercio de Sicilia del difunto Julián Romero, ahora al mando del Maestre General Francisco de Valdés, lo encontramos asediando Mastrique, en 1579. Vuelve a Italia con su tercio cuando cae la plaza, a la espera toda la tropa de cobrar allí sus soldadas, que los pagadores ya deben 24 meses. En Monforte se instala con su Compañía, cuando a Valdés se le nombra Gobernador de Piombino. Pero hay que viajar de nuevo: al camino otra vez, al Camino Español. En cuarenta días llega el tercio a Gante a destrozar a los franceses del Duque de Alençon, y el capitán Del Águila se gana el favor de Farnesio, y llegan las castellanías, bien merecidas y el grado de Maestre de Campo, y cobra, con sus hombres, las treinta y tantas soldadas debidas. Su gobierno no es tranquilo: la guerra larga y tediosa sigue, los calvinistas se rehacen de cada golpe y los herejes del otro lado del Canal les ayudan. Cae Amberes, y allí está el Maestre de Campo Del Águila; se ocupa la isla de Bommel y su tercio no falta; cae Grave y allí comparecen; se socorre a la guarnición española de Zupthen y son los soldados de Del Águila quienes primero rinden a los ingleses sitiadores; hay que tomar el puerto de La Esclusa y lo encontramos en primera línea. Y la aplastante rueda de la fortuna gira y el castellano cae herido un mes antes de que los rebeldes rindan la plaza, en agosto de 1587. Así que vuelve a España, a recuperarse y recibir honores. Y es entonces cuando el Habsburgo escucha la frase de Don Fernando de Toledo, Prior de la Orden de San Juan: "Señor, conózca Vuestra Merced a un hombre que nació sin miedo".
Pero los frentes de la Monarquía son muchos y Francia, abierta en canal, requiere atención, que hay derechos de Infanta española en juego y, más, de la religión verdadera. Desde Santander, donde estaba acantonado su tercio, a bordo de la Armada de Alonso de Bazán a cumplir la política del rey.
Bretaña, entonces. Muerto el mejor de los Guisa, el partido católico necesitaba más que nunca de España, pues el diminuto y rijoso Borbón tenía ahora ventaja, así que el Duque de Mercoeur pide ayuda. En Nantes desembarcan los españoles y el tercio de Del Águila, veintidós compañías, avanza sin oposición hacia el Norte, según el plan de la Junta de Guerra. Los combates se suceden en el Ducado una vez llegan los españoles y tras las batallas de Blain, Craon y Ambrières contra hugonotes e ingleses, quedan dueños de la situación. Fortifican la plaza y puerto de Blavet (para mejor conformar de Don Martín de Bertendona, que alaba mucho las posibilidades para navíos de mayor calado) y la rada de Lorient, donde levantan una sólida ciudadela: el Fuerte del Águila, y desde allí hostigan a Brest y el tráfico marítimo enemigo y se diseñan incursiones contra al isla protestante. Y se atreven a seguir ocupando y asegurando la costa bretona, y fortifican la península de Crozon, en la punta de Roscanvel y levantan un fuerte aún hoy llamado La Pointe des Espagnols. Pero el Verde Galán se convierte y entra en París, y los liguistas católicos recuerdan entonces que ante todo son franceses y que ya no necesitan españoles para sus luchas intestinas, así que sitian los reductos del tercio Del Águila por tierra y mar, coaligados con ingleses y holandeses, en 1594. Y pierden en noviembre, claro, Crozon, pero conservan Blavet y Plomordiern, y siguen hostigando a sus enemigos y llevan una escuadra depredadora hasta Cornualles, donde desembarcan doscientos arcabuceros que siembran el pánico en Penanze, Newlyn o St. Paul, y regresa la escuadra bajo el mando hábil de Pedro de Zubiaur, después de hundir dos naves zeelandesas y sufrir 20 bajas.
Blavet resiste, porque el Conde de Fuentes, desde Flandes, distrae casi todos los recursos del nuevo rey francés y sin Vervins, en 1598, hubiera continuado más tiempo en manos de aquel tercio español. Sin embargo, el Prudente busca la paz para la Monarquía, próxima al agotamiento tras cincuenta años de guerras y para su alma, y entre los términos de aquel tratado que nada resolvió entre Su Majestad Católica y el Rey Cristianísimo, estaba la restitución de lagunas plazas, entre ellas Blavet.
Felipe II muere y Del Águila regresa a España y tiene que responder a alguna malediciencia, pues Luis Cabrera asegura que había información de haberse aprovechado de la Hacienda del rey "más de lo que era justo". Demuestra su inocencia y recibe ascenso, Maestre de Campo General y nuevo destino: Irlanda, a aguijonear a Albión en su retaguardia, aprovechando a los levantiscos Tyrone y Tyrconell.
El 2 de septiembre de 1601, desde la que debió ser la capital de la Monarquía, Lisboa, zarpó la escuadra al mando del Almirante General del Océano Don Diego Brochero y con Don Juan del Águila a cargo de dos tercios y con la encomienda de tomar Cork. Ambos coinciden de nuevo después de la intervención en Bretaña y surgen otra vez desavenencias como las que llevaron a que marineros y soldados ingresaran en hospitales de campaña distintos, y además tras su juicio Del Águila muestra un genio cada vez más agrio.Nadie debió conjurar a los elementos o las preces fueron tenues, sin duda por la impericia del arzobispo de Dublín, el sinuoso fray Mateo de Oviedo, o la justicia de la empresa poca, puesto que, como casi siempre, una tormenta separa la flota: Zubiaur pone rumbo a La Coruña y los que quedan llegan divididos, el grueso de la expedicción a Kinsale con el Maestre General y Alonso de Ocampo a Baltimore. A toda prisa fortifican dos posiciones, Ringcurran y Castle Park, pero todo se va torciendo, pues quedan sitiados por las fuerzas de Lord Mountjoy, Sir William Godolphin, y pierden la embocadura del estuario con la caida de Ringcurran. Además el socorro de Zubiaur se dispersa por la inquina de ese mar tan adverso a los ibéricos y tiene que proceder igual que la primera partida: se atrinchera en la precarias fortaleza de Castleheaven, desde donde bate a una flota inglesa que le perseguía, contra la pérdida de un galeón. Sólo entonces se deciden los ariscos y desconfiados jefecillos locales, que ya tienen noticias de su señores feudales, a prestar ayuda y juramento de fidelidad a Felipe III, y entregan para la mejor defensa los castillos de Dunboy y Donneshed. Al poco, a mediados de diciembre de 1601, los desarrapados y anárquicos refuerzos de los condes O'Donnell y O'Neill son desbaratados cerca ya de Kinsale por la caballería inglesa y de no ser por la compañía que Ocampo les enviara desde sus posiciones, hubieran perdido más de los 1.200 hombres que los ingleses despacharon esa jornada. Noventa muertos tuvieron los españoles. El Maestre de Campo General negoció una digna capitulación: los casi 2.000 españoles que quedaban en Irlanda saldrían provistos de toda su imepdimenta, armas y banderas, acompañados de cuantos irlandeses quisieran unirse a su tropa. Por esta vez, los ingleses cumplieron con los términos del acuerdo y la expedición desembarcó en La Coruña en marzo de 1602.
Amargo regreso, con detención ordenada por el Gobernador Caracena, que seguía instrucciones del Consejo de Guerra, donde el Conde de Puñonrostro dijo al rey que el abandono de Kinsale "había representado pérdida de reputación", aunque al fin se le eximió de responsabilidad al resolverse que "había obrado con prudencia y valentía", lo que casaba mejor con el historial del veterano soldado, que se afanaba en gastar los escudos sobrantes de la expedición en aposentar y cuidar a los repatriados.
Nunca supo Juan del Águila (murió en La Coruña durante su detención) que un socorro al mando de Martín de Vallecilla llegó a Kinsale dos días después de su salida de la isla, ni que el Consejo de Guerra le iba a exculpar. Como a Don Diego Brochero y al propio arzobispo Oviedo, pues aquella resolución no hacía más que salvar la honra de Lerma, que apoyó la aventura, frente a quienes, halcones de la política del gobierno pasado, preferían la intervención directa en Inglaterra.












