La misa de 11,00 en la catedral de Córdoba se celebra observando estrictamente la liturgia romana, acompañada por un coro más que voluntarioso. Para los que gustamos de la adhesión a las formas, en este caso a los ritos, que no son más que una manifestación de civilización, es una grata sorpresa entre tanta fragmentación, dispersión y confusión postconciliar. Para entendernos, las tonadas con arreglos beatlesianos que hemos sufrido durante años en la liturgia, son propias de fuegos de campamento para adolescentes excursionistas, pero no más. Claro que los caminos del Señor son inexcrutables y maestros tiene la Santa Madre Iglesia para discernir cómo pescar almas, aunque la edad de los practicantes y los huecos entre los bancos a según que horas no digan mucho del éxito de la reforma.
Sin embargo lo que me enerva, por lugar común y opinión manida, es el murmullo de desaprobación que se eleva entre una nutrida colección de visitantes cuando un guía, al que observamos con cierta atención acabada la misa y cuando se reabre a las visitas el recinto, narra las vicisitudes de la mezquita tras la reconquista de la plaza en 1236. La espigada visitante que manifiestaba su indignación ante lo que estimó atropello de los derechos de una minoría religiosa por parte de los cristianos, sin saberlo, o quizás sí, no importa mucho, encarna exactamente la caricatura del ignorante occidental empapado de autodio y propaganda. No es que se trate de una anacronía hablar de derechos de minorías en plena Edad Media, concedamos cierto margen a la fatal ausencia de rigor intelectual de la portavoz y los que asentían con sus torcidas expresiones de indignación, sino que demostraba la eficacia de la propaganda esparcida sin recato por los negadores de sí mismos, al albur de las académicas teorías del entretenido Américo Castro y afines seguidores de peor intención que él, que son los que se empeñan en el estéril debate de si galgos o podencos y en la ensoñación de la convivencia y tolerancia agarena en época del Califato. No me voy a declarar partidario de Sánchez Albornoz, porque me parece que va de suyo considerar su obra infinitamente superior a la literatura de Castro. Y permítanme una maldad: que Juan Goytisolo haya sido vocero principal de aquél dice poco de su admirado polígrafo.
A lo que iba. Que el péndulo ha oscilado y frente al mito de la Cruzada, el de la Alianza de Civilizaciones y las inanidades que de aquellas polémicas trascienden a ocurrentes personajes como el patrocinador de ese invento. Si todo quedara en eso, aun sería una polémica doméstica, pero al parecer las ideas torpes se extienden como los virus, recuerden la metecatez de Barack Hussein Obama en El Cairo sobre el particular, y además sirven de caldo de cultivo para las malas intenciones de los reivindicadores de Al-Andalus, con el suicida aplauso de quienes se creen la falacia de la continuidad histórica entre la región española de nombre parecido y el capítulo musulmán de la historia de la Península Ibérica.
Sin embargo lo que me enerva, por lugar común y opinión manida, es el murmullo de desaprobación que se eleva entre una nutrida colección de visitantes cuando un guía, al que observamos con cierta atención acabada la misa y cuando se reabre a las visitas el recinto, narra las vicisitudes de la mezquita tras la reconquista de la plaza en 1236. La espigada visitante que manifiestaba su indignación ante lo que estimó atropello de los derechos de una minoría religiosa por parte de los cristianos, sin saberlo, o quizás sí, no importa mucho, encarna exactamente la caricatura del ignorante occidental empapado de autodio y propaganda. No es que se trate de una anacronía hablar de derechos de minorías en plena Edad Media, concedamos cierto margen a la fatal ausencia de rigor intelectual de la portavoz y los que asentían con sus torcidas expresiones de indignación, sino que demostraba la eficacia de la propaganda esparcida sin recato por los negadores de sí mismos, al albur de las académicas teorías del entretenido Américo Castro y afines seguidores de peor intención que él, que son los que se empeñan en el estéril debate de si galgos o podencos y en la ensoñación de la convivencia y tolerancia agarena en época del Califato. No me voy a declarar partidario de Sánchez Albornoz, porque me parece que va de suyo considerar su obra infinitamente superior a la literatura de Castro. Y permítanme una maldad: que Juan Goytisolo haya sido vocero principal de aquél dice poco de su admirado polígrafo.
A lo que iba. Que el péndulo ha oscilado y frente al mito de la Cruzada, el de la Alianza de Civilizaciones y las inanidades que de aquellas polémicas trascienden a ocurrentes personajes como el patrocinador de ese invento. Si todo quedara en eso, aun sería una polémica doméstica, pero al parecer las ideas torpes se extienden como los virus, recuerden la metecatez de Barack Hussein Obama en El Cairo sobre el particular, y además sirven de caldo de cultivo para las malas intenciones de los reivindicadores de Al-Andalus, con el suicida aplauso de quienes se creen la falacia de la continuidad histórica entre la región española de nombre parecido y el capítulo musulmán de la historia de la Península Ibérica.



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