Ala 12

martes, octubre 13, 2009



En la pista del Ala 12  se concentran aeronaves de las bases de Los Llanos y Morón y las de la Armada. Es muy temprano y junto a la pista se alinéan los enormes cazabombarderos  Eurofighter, los compactos F-18, los elegantes Mirage F-1, los vetustos F-5 y los exóticos Harrier.  Nos dicen los mandos que hay recortes presupuestarios, así que además de parada aérea, sirve la ocasión para completar horas de vuelo. Sea. Hay expectación y algún público invitado.



El estruendo de los motores es ensordecedor ya antes de que todas las tripulaciones hayan ocupado sus carlingas. Lejos de la cabecera de pista hay un gigantesco Antonov ruso, alquilado para esos menesteres de propaganda tan caros a los gobiernos de turno. Uno siempre duda de que los dineros gastados en esas misiones se destinen a sus fines, y más cuando cerca hay un avión representativo que habrá de llevar al Infausto a entrevistarse con el novísimo premio Nobel. Resignación, que quedan dos años y el sujeto pasará, como pasó también el caballo de Atila.



Despegan primero los F-18 que escoltarán al nodriza B-707, que les sigue. Después el resto de la representación del Ala 12 (entre los que nos señalan con orgullo mal disimulado qué aparatos han participado en misiones de combate). Más tarde los Mirage F-1, que precisan de mucha menos pista y que aún son perfectamente operativos y mantienen la marca de velocidad entre los modelos en servicio en el Ejército del Aire. Luego los F-5 biplaza de entrenamiento, que consumen todo el recorrido antes de elevarse sobre el reseco paisaje. Continúan los aviones de la Armada y al fin el estruendoso Eurofighter, la joya de la corona. Habíamos olvidado a los hidroaviones de lucha contra incendios, que salieron los primeros en rumbosa formación. Es que nadie les presta mucha atención pues parecen comparsas en la función de otro.



En el Centro de Mando seguimos, mientras los aviones cumplen con su cometido, los inicios de lo que parece una muy mal realizada retransmisión televisiva. Ni las autoridades (es un decir) están a la altura, que hace tiempo que desde el rey abajo todos han perdido la sustancia del apelativo, ni el público bronco. No es lugar. En la base se reciben con desagrado esos deslucidos gritos, y no debe de ser sólo por la obediencia debida.



No permanecemos demasiado tiempo contemplado la gran pantalla del Centro de Mando. Cuando aparecen los obuses autopropulsados nos avisan del regreso de las escuadrillas, que van a tomar tierra. Eso sí, mermadas, porque los visitantes han partido directamente hacia sus bases en el Sur, que es donde deben estar, porque el despliegue apunta al enemigo, que todos saben quien es y al que se menciona sin recato porque se tiene constancia de que nada podría  nunca, si hubiera voluntad y decisión política.



Al aproximarse a la base casi todas las formaciones nos obsequian con alguna pirueta, comedida, eso sí, que se impone el ahorro. Luego visita detallada a la base, incluyendo melancólica contemplación de estrellas del aire que fueron (el F-86 Sabre, el Phantom F-4, el Junkers Ju-52 -que bien merecería una restauración o su traslado a un hangar para evitar que se vaya cayendo a pedazos- o el T-33 el primer reactor en servicio en España) y despedida.



Hasta el año próximo, porque prometemos volver. Merece la pena.