Portazgos, gabelas y millones

martes, septiembre 29, 2009


Hace mucho tiempo, en Rotterdam, mantuve una acalorada discusión con un rendido admirador de Piet Heyn y de Martens Tromp. El tugurio se llamaba Locus Publicus y debe andar por la zona de copas de los universitarios de la ciudad portuaria por excelencia. Por aquel entonces lo de las becas Erasmus era algo incipiente y a mí, desde luego, no me había alcanzado. Las razones por las que yo andaba por allí no son al caso, aunque la ocasión fue provechosa. Lo cierto es que, identificado como español, la conversación con un nativo que me había sido presentado recientemente como  héroe que empleaba su tiempo libre en evitar suicidios (que no sé si es algo para lo que haya mucho trabajo en los Paises Bajos), derivó en los consabidos tópicos. Que si el Tribunal de la Sangre (qué cesión  al Taciturno obviar siempre el nombre verdadero), que si Amberes, que si Alba, que si el Demonio negro del Sur. Mantenía el calvinista que la prosperidad de su república y la bonhomía de sus gentes se fundaba en el denodado esfuerzo de la Guerra de los Ochenta años (que así se conocen por allí a los sucesos de Flandes) por liberarse del sometimiento a los españoles y su cerrada fe católica. Establecida su premisa todo fluía sin solución de continuidad: credo sólido y verdadero, libertad de conciencia, capitalismo, curiosidad, exploraciones, acumulación de dineros y un destacado lugar bajo en el concierto de las naciones civilizadas, de las que, era consustancial a su argumentación, la bárbara España quedaba excluida, entonces y ahora, supongo que por extensión y por esa inequívoca tendencia a atribuir una improbable inmutabilidad de caracteres a las naciones y a sus gentes. Aunque el flujo y reflujo de los batidos de cebada y trigo que trasegábamos hacía sin duda pastosa nuestra dicción, le manifesté sin ambages que sí, que mucha guerra de liberación, pero que 80 años son muchos para pretender que el esfuerzo fuera unívoco y sostenido, que el comercio entre ambos estados nunca se interrumpió y que sí, que muy mal el tribunal de Tumultos y los nuevos obispados, pero que lo que de verdad sostenía el caso de las provincias rebeldes contra su legítimo Señor era la subida de impuestos. Añadí después algún comentario hiriente sobre las guerras anglo-holandesas y el siglo XVIII y la subsiguiente República Bátava, pero el tipo permaneció inconmovible en sus convicciones. Faltaría más.





A lo que voy, que les reconozco la mejor salud y ventura a las gentes que se saben sacudir el yugo de publicanos de cualquier época que andan hurgando en sus peculios indebidamente. Que en estos reinos no comerciamos con ninguna metrópoli que nos sojuzgue, pero que bien podríamos arrojar el té o cualquier otra mercadería por la borda, o por la ventana o al suelo si es menester, porque de lo contrario los espabilados que ocupan la administración del Estado, ya central, municipal o de la cosa autonómica, van a recuperar la mejor querencia por el expolio fiscal y arrojar a la mayoría a las cloacas de la economía submarina.